Roman

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Me llamo Román. Nací hace 42 años en Yalta, una ciudad situada en Crimea, Ucrania. Estudié ingeniería industrial y a los 20 años me fui a trabajar a Argentina. Tenía ganas de conocer el mundo. Viví en Argentina unos años, y tras el corralito, la empresa donde trabajaba empezó a realizar recortes y decidí moverme a Europa para mejorar mis condiciones laborales. Muchísimos amigos míos estaban emigrando a España, así que decidí venir a Barcelona.

Llegué a Barcelona en 2001 pensando en volver algún día a Yalta. Pero no es tan fácil. Una vez cambias de sitio es difícil volver. Al llegar, conseguir la residencia fue difícil. Logré que una empresa me contratara y  tuve que volver a Ucrania para tramitar el visado de trabajo. Pero lo logré, finalmente obtuve la residencia legal.  

Trabajaba y vivía acá en Barcelona. En un viaje para visitar a mis padres conocí a mi esposa. La idea era que ella pudiera reagruparse conmigo, pero los trámites siempre se complicaban. Cuando no faltaba una cosa, faltaba otra. Era imposible cumplir con todos los requisitos. Yo iba y venía entre Yalta y Barcelona. Trabajaba de ingeniero, y cuando el trabajo falló, hice lo que aparecía. Trabajé como conductor de autobús, como conductor de camión, y también intenté crear mi propia empresa. Pero con la crisis todo era difícil, y la inestabilidad del trabajo impedía poder solicitar la reagrupación familiar para poder estar con mi familia. Incluso con mi residencia permanente, conseguir un trabajo que paguen lo que piden para la reagrupación es muy difícil, y sobre todo en tiempos de crisis.

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En 2010 tuvimos un niño y luego un niña. Nuestro hijo nació con un problema de salud que no podíamos resolver en Ucrania. Estuvimos buscando la solución por todas partes, pero no era fácil. No podían venir a España porque no lográbamos la reagrupación, y en Ucrania no podían darle la atención médica que necesitaba. La primera intervención médica la tuvo en Rusia, pero no mejoró. Buscamos otras formas en las que se podía hacer la operación, y a través de una asociación que se hizo cargo de los gastos y los trámites pudimos viajar a Alemania en 2011 para que le realizaran una segunda intervención. Tras un mes en Alemania, mi esposa y mis hijos volvieron a Yalta, con la indicación de que a los dos años, si la operación había tenido éxito, tendría que volver a operarse para continuar el proceso. Yo seguía yendo y viniendo. Después de muchos estudios médicos, finalmente era hora de realizar otra intervención, por lo que volvimos a Alemania en 2014 con un visado de atención médica.

Mientras estábamos en Alemania para la operación de nuestro hijo, estalló la guerra en Crimea. Mi esposa era una activista política, por lo que si volvía a Crimea su vida corría peligro. Decidimos que vendríamos todos a Barcelona para solicitar el asilo para mi esposa y mis hijos. Al hacer la solicitud nos dijeron que se aplicaba el Convenio de Berlín. Este convenio indica que la solicitud de asilo debe hacerse en el país de entrada a la Unión Europea. Es decir, mi esposa y mis hijos tenían que volver a Alemania si querían obtener su residencia. Si enviaba a mi esposa y a mis dos hijos a Alemania para hacer la solicitud, serían encerrados en un Centro de Internamiento de Extranjeros a la espera de que autorizaran el asilo, con la posibilidad de que si denegaban la solicitud los deportaran a Crimea. La otra opción era que se quedaran en Barcelona en situación irregular hasta que apareciera alguna solución.

La situación en Crimea empeoró. No podíamos vender nuestra casa, porque en una situación de guerra, ¿quién quiere comprar una vivienda? Estábamos sin dinero, mi esposa no podía trabajar, mi hijo estaba enfermo y sin acceso a la atención médica necesaria, y con lo que yo ganaba la situación era insostenible.

Volver a Yalta tampoco es una opción. Nos harían la vida imposible, y además tendríamos que cambiar nuestros pasaportes por pasaportes rusos, y si no lo hacemos, tendríamos que vivir como extranjeros en nuestra propia ciudad. Ya no somos ni de aquí ni de allá. Nuestra única opción en este momento es quedarnos acá.

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De vez en cuando consigo trabajar, y a veces logramos alguna ayuda, pero al estar mi esposa en situación irregular, tramitar cualquier ayuda es muy difícil. El Estado debería estudiar mejor la situación. Detrás de cada caso hay vidas. No somos solo un papel.

En nuestra familia estamos resistiendo, pero cada golpe nos hace daño. Como si eso no fuera suficiente, los vecinos del bloque nos echan la culpa de todo por ser extranjeros. El otro día, el viento se llevó una campera y nos acusaron de haberla robado. Ser extranjero no te hace ni ladrón, ni ruidoso ¡ni significa que uno ensucie el ascensor!

Yo tenía mi vida bien planificada. Yo no tenía previsto lo que pasó en Ucrania. ¿Cómo imaginar que nos quedaríamos sin un lugar dónde vivir? Nunca imaginas que puedes quedarte sin un sitio en el cual estar… al cual volver.