Carmen

Me llamo Carmen. Mi familia es de Perú pero, hace ya 45 años, mis padres emigraron a Nueva York en busca de una vida mejor. Allí nací y crecí junto a mi hermano, que cuando se casó se fue a vivir a Miami. Yo también me casé… y luego me divorcié. De hecho, aún estoy con los trámites de la separación. Pasé una época complicada a nivel personal, que se juntó con mucho trabajo al abrir mi propio restaurante de comida mejicana. Por eso, mis socios me animaron a tomarme un merecido descanso para pensar qué rumbo dar a mi vida y decidir si quería vender mis acciones del negocio. Fue entonces cuando vine por primera vez a Barcelona y, durante dos meses, intercambié piso y país con Jessica, una amiga que vivía aquí.

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Al regresar a Nueva York ya no encontré mi sitio. Me sentía desubicada. Antes la ciudad era mucho más vibrante, creativa y artística. Cuando yo cursaba Bellas Artes, y mientras empecé a trabajar en el sector de la restauración para pagarme la universidad, vivía con unos amigos en un estudio muy antiguo en Brooklyn. No he vuelto a tener un estudio. Nos echaron para construir un barrio fino, elegante y carísimo. Así es ahora Brooklyn y así es Nueva York: una ciudad con un ritmo de vida imposiblemente alto que se ha convertido en un lujo solo para las élites. La gente normal como yo se tiene que buscar la vida en otro lugar si quiere formar una familia o, sencillamente, disfrutar de una vida agradable y tranquila. Para eso, me mataba a trabajar, pero lo único que me daba era nervios y una sensación de presión constante. No deseaba eso.

Finalmente, hace 2 años, vendí el negocio a mis socios. Dejé atrás mi restaurante, mi gato y mi marido. Todo. Y después de realizar malabares y mil trámites administrativos, vine a Barcelona como ciudadana americana y con un permiso de residencia sin lucro (es decir, sin autorización de trabajo) de un año. Durante ese periodo me dediqué un poco de tiempo a mí misma y a los demás, colaborando como voluntaria en el Casal dels Infants, participando en cursos, y haciendo lo que podía por sentirme parte. Enseguida me ubiqué y me di cuenta de que me encantaba la ciudad: preciosa y accesible a sus gentes, con un fuerte ambiente de comunidad, al menos en los ambientes en los que yo he tenido la suerte de moverme.

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Detalle de la instalación en el Centro Cívico Pati Llimona.

Barcelona era exactamente donde quería estar y donde quería vivir. Así que me puse en manos de una abogada para extender mi permiso e iniciar las gestiones para trabajar en un restaurante en el que una amiga me ofreció trabajo. Estaba muy contenta de poder echar raíces aquí pero, cuando la abogada fue con mi jefa al Departamento de Trabajo para formalizar el contrato, le dijeron que mi NIE ya había caducado y que yo, básicamente, no existía. Por problemas personales descuidó mi caso y, con todos los gastos del proceso (más de 1.000 euros) me ha dejado en el limbo. No puedo hacer nada. O vuelvo a mi país y comienzo todos los trámites desde cero o, si me quedo, he de esperar ilegalmente un año entero (hasta cumplir los 3 aquí) para aplicar de nuevo con un contrato de trabajo. La otra única opción es casarme. Tengo una pareja muy linda aquí que me ofrece todo su apoyo, pero ninguno de los dos deseamos casarnos otra vez. Además, hasta que no llegue la resolución definitiva de mi divorcio, todavía sigo casada en Estados Unidos.

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Estoy pendiente de ver cuál de las dos vías se resuelve antes. Mientras, hay mucha gente aquí dispuesta a echarme una mano, pero poco pueden hacer porque el sistema me ha dejado en una de esas situaciones en las que simplemente toca aguardar y ver qué ocurre. Por fortuna, conservo mi trabajo. Mi jefa, una persona muy fuerte que no solo busca ganar dinero sino hacer que todo el mundo pueda crecer, aún me mantiene empleada. A pesar del riesgo que corre y de la multa de 11.000 euros que le puede caer si hay una inspección o alguien dice algo. Por eso cada día voy al trabajo con miedo, no tanto por mí como por ella que me ha ayudado, y me pregunto qué ha pasado para llegar a un punto en el que estoy viviendo y trabajando ilegalmente.

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Detalle de la Exposición Papel Activo con los trabajos en el espacio urbano de Joan Tomás. Centro Cívico Pati Llimona.

Me parece absurdo que haya estado un año entero haciendo de voluntaria, contribuyendo a la comunidad, pagando impuestos, moviendo dinero que al principio gané de forma legal… para verme ahora tan desprotegida y abandonada. Más aún cuando mi seguro médico canceló la póliza que había estado pagando desde que llegué al necesitar operarme de un tumor que me encontraron hace poco. Hace unos seis meses descubrieron unos bultitos en el seno y me dijeron que era una condición preexistente, de modo que se negaron a cubrir la intervención. Sigo con el tumor y sin ningún tipo de asistencia médica.

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Ocurren cosas que me indignan como persona. Y hay casos mucho peores que el mío, bárbaros, inhumanos. El sistema que en principio debe proteger a la gente es, básicamente, un negocio. Las leyes de extranjería tienen que cambiar, no solo aquí sino a nivel mundial para proteger verdaderamente a las personas. Todos los que venimos lo hacemos porque creemos que hay oportunidades y confiamos en que la ciudad nos devuelva el cariño que le hemos dado.

Yo estoy aquí para disfrutar de Barcelona y, a la vez, contribuir a que sea mejor. Quiero hacer cosas; quiero poner mi granito de arena por el bien de la comunidad. Quiero formar parte de ella. Siento que mi lugar es este y nadie me va a mover.

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