Camilo

Me llamo Camilo Perdomo Agudelo, soy colombiano y tengo 52 años. Nací y crecí en Cali, donde fui muy feliz los primeros años de mi vida. En ningún otro sitio me he sentido como en casa, jamás. Allí estudié Dibujo Publicitario y Comunicación Audiovisual, pero nunca he llegado a ejercer.

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Cuando acabé la carrera tenía muy claro que me quería ir a Estados Unidos porque no había manera de conseguir trabajo y siempre había querido salir de Colombia. Mi padre me prometió que me llevaría con él porque atravesaba la frontera muy a menudo por trabajo; pero, finalmente, se llevó a mi hermano y yo me quedé en Cali sin trabajo fijo, aunque iba haciendo algunas cosas.

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Camilo con Joan Tomás el día de la inauguración de la exposición Papel Activo en el Centro Cívico Pati Llimona.

La transexualidad no existía en esa época. Eras gay o lesbiana. Yo no era ni lo uno ni lo otro. Siempre supe que era hombre, aunque naciera en cuerpo de mujer. Me enamoraba de las chicas, y las seducía, como cualquier otro, o mejor.

Mi padre nunca estaba en casa y yo culpaba a mi madre, y ella me culpaba a mí. Nunca nos llevamos bien. Yo crecí prácticamente solo. El alcohol era parte de mi vida desde joven. Llegó un punto en donde la situación en casa se volvió insoportable y decidí irme a Nueva York, donde estaban mi padre y mi hermano. Mi padre me ayudó con los papeles y el viaje, y al llegar a Nueva York en 1986 me fui a vivir con mi tío, que me consiguió trabajo en una factoría de bolsos de cuero. Después de un año, mi hermano me pidió que lo ayudará con sus negocios en Cali, así que regresé.

Durante tres años me gané bien la vida y disfrutaba. Me enamoré de una chica lindísima. Había que mirarla cuando pasaba. Ella me quería, pero era complicado que nos vieran juntos.

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Un día estábamos mi hermano y yo haciendo fotos en una finca y cuando las revelamos nos dimos cuenta que detrás había una camioneta que tiraba un cuerpo en la carretera. En aquella época aparecían muchos cuerpos ya que tanto los paramilitares como los que formaban parte de la guerrilla mataban a mucha gente. Llevamos la foto a la policía y cuando salimos ya nos estaban esperando. Nos amenazaron y yo decidí irme a Holanda.

Allí vivía una prima mía que me consiguió trabajo de limpieza en casas y en un hotel. Mientras trabajaba intenté sacarme los papeles, pero me pedían volver a Colombia y esperar un año y medio. Evidentemente eso era imposible porque yo no podía volver y y el hotel tampoco podía guardarme el puesto durante tanto tiempo. En ese hotel fue donde conocí al cocinero. Él  tenía una habitación para alquilar en su apartamento y me ofreció cobijo para hacer compañía a su mujer que estaba muy sola. Hablábamos mucho, era la única persona con quien pasaba tiempo. Los momentos juntos y la apatía de su marido hicieron que nos acabáramos enamorando. Fue una relación escondida, estresante y peligrosa, hasta que ella decidió poner fin a nuestra historia. Si su marido se enteraba, nos mataba.

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Joan Tomás, Teo Vazquez, fotografo y colaborador del proyecto juntos a Camilo el día de la inauguración de la expo Papel Activo.

Le regalé 13 años de mi vida. Trece años con ella y con sus dos hijas, a las que quiero como si fueran mías. Fue muy duro vivir con ellos después de la ruptura y llegó un momento en que no podía más. Llamé a mi hermano para volver a Colombia pero él me dijo que no podía por la situación que había. No sabía qué hacer porque estaba muy deprimido en Holanda. El marido quiso tomar el rol de padre, un rol que hacía años que no ejercía y me arrancó a mis hijas. Con toda esa situación, sin papeles, deprimido y encontrando dificultades para buscar trabajo, la única salida que veía era irme otra vez.

Cogí un vuelo desde Bruselas con dirección a Madrid en 2004, con mi pasaporte podía volar, no pedían papeles. A través de una amiga y unos contactos suyos conseguí quedarme en Madrid pero no fue por mucho tiempo, porque el único trabajo que encontraba era de interno en casas y me pagaban 2 o 3 euros la hora. Yo no quería eso, yo buscaba un trabajo con el cual pudiera tener una vida. De Madrid me fui a Almería, donde también estuve poco tiempo porque el trabajo que no había trabajo, hasta que acabé en Valencia.

Allí me acogió una pareja gay, pero no me trataban bien, me humillaban, y a la semana ya me querían echar. Conocí en esos días a una chica de Bélgica, le caí bien, le transmití confianza y me ofreció quedarme en su piso para cuidar de sus hijas. Confió mucho en mí porque cuando la pareja de gays se enteró que me marchaba, me quisieron hacer daño diciéndole que me gustaban las niñas pequeñas y las mujeres. Aun así ella me recibió en su casa. Me sacaron del closet a patadas, pero a partir de ese momento no quería esconderme más. A partir de ese momento todo el mundo tenía que llamarme por mi nombre, Camilo.

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Camilo en su casa con amigos que también han migrado a la vez que enfrentaron su transexualidad

En Valencia seguía sin papeles, pero encontré trabajo limpiando casas. La posibilidad de conseguir papeles no existía porque mi jefa era una mujer que no le gustaba dar ayudas. Luego, la señora de otra casa donde limpiaba, me tendió la mano, sabía todo de mí y me ayudó a conseguir los papeles. Todo estaba listo, pero me denegaron el arraigo por no saber valenciano y después de eso me “invitaron” a salir del país.

Tenía la tarjeta sanitaria cubierta, pero la usaba poco. No quería empezar el tratamiento, ni la evaluación psiquiátrica y mucho menos hormonarme para que luego me echaran y me quedara a medias. En Valencia empecé a conocer a gente de mi entorno, busqué ayuda en la asociación LGTB y chateaba con chicas. En ese momento mi hermano me mandaba dinero para pagar el alquiler pero apenas comía. Encontrar trabajo también se me hacía difícil.

Por razones de un amor, me fui a Alicante, aunque éste duró muy poco. Entonces, me quede allí y empecé a enfermar. Al poco tiempo me quitaron la tarjeta sanitaria, ahora todas las intervenciones médicas me las tenía que pagar yo. No quería regresar a Valencia, porque había muchas redadas, donde deportaban a la gente y yo tenía mucho miedo de salir a la calle. En 2011, a través de una amiga que vivía en Barcelona, decidí marcharme otra vez.

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Camilo junto a Rodrigo de la Asociación ACATHI

En Barcelona encontré trabajo. Mi jefa me ofreció hacerme un contrato, pero cuando ya me había gastado el dinero trayendo todos los papeles de Colombia, se inventó una excusa para no tramitarlo y seguí trabajando en negro. Mi amiga me llevó a ACATHI, y gracias a la asociación, volví a tener la tarjeta sanitaria. Ahora colaboro con la asociación como voluntario, y ya empecé el tratamiento para el cambio.

La posibilidad de expulsión ahora está en todo momento, ACATHI me puede ayudar a conseguir los papeles, pero necesito saber catalán. He estado como una montaña rusa con las hormonas, con altos y bajos de ánimo y no me he podido centrar. Pero siendo voluntario en ACATHI me siento útil. Participo en todo lo que me dejan.

Barcelona para mí es una de las pocas ciudades donde me he sentido parte de algo. Cuando vine sentí que había aquí vivido durante siempre, la gente es diferente, me acogieron muy bien, me siento cómodo. Y es por eso que si algún día puedo devolverle el favor por acogerme, lo haré sin dudar.

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Instalación en el Mercado de Sant Andreu, Barcelona.

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